miércoles, 30 de diciembre de 2015

SÉ QUE SABES


Sé que sabes que te tengo miedo desde el primer día.
Lo sabes y te gusta saberlo.
Lo sientes.
Lo masticas.
También sé que sabes que me gustas.

Desde el primer momento lo sabes
y te gusta saberlo.
Sé que te gusta enamorarme para sentir que puedes.
No por maldad, 
lo sé.
Apenas por probar.
Como quien mete el dedo en un helado
y después se lo chupa pensando en otra cosa.

Demonio aburrido 
matando moscas con el rabo.
O no.
Por aburrido no. 
Para entrenar.
O por querer, o por gustar...
o por poder.

Testando tu poder, 
tal vez pensando que en los juegos de dos
no pierde nunca nadie.

Y sí.
Adivinaste bien, me gusta el morado. 
 Y otras cosas que haces, 
que tienes, 
que dices,
también me gustan
y lo sabes.

Lo sabes 
y yo sé que lo sabes.
Y tu sabes que sé que sabes que lo sé.
Como un juego de espejos que nos vuelve infinitos.
El hombre que mira al hombre que mira al hombre 
del espejo,
desdoblado en hombres infinitos
cada vez más chiquitos.

Así me pasa a mí cuando juegas conmigo.
Me desdoblas en montones de partes 
que se pierden en la fila infinita 
de mis reflejos 
en tu espejo de risas.

Esas que brotan de la voz que pones para decirme hola,
para decir que sabes lo que quiero,
la voz de preguntar, 
de conversar. 
de decir que sabes adivinar colores favoritos.

Y sí.
Sabes adivinarlos y sabes que lo sé.
Como sé que sabes que sé que te gusto un poquito 
y por eso te gusta saber que sé que sabes
que me gustas también.

Isabel Salas



del libro NAVAJA DE LLAVERO

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martes, 29 de diciembre de 2015

DESEOS DE AÑO NUEVO

  
Calendario nuevo.
Comienza otro año con los mismos meses
de todos los años.
Empieza el primero por el primer día,
primero de Enero.

Los deseos viejos se lavan la cara,
peinan sus cabellos,
les ponen tiara .
Sacan una ropa de hace quince años
que ya ni les cabe,
de raídos paños.

Pintan las sonrisas  con rojos de fuego,
perfuman sus daños
con gotas de espliego.
Los deseos viejos, renacen más sabios
más fuertes y bellos
irguiendo sus cuellos.


Mis deseos viejos están tan bonitos
que hasta a mí me engañan
y los siento nuevos. 

Me miran, los miro
se ríen, me río 
me guiñan
me hablan y juegan:
"A ver si este año...
por fin conseguimos
cumplirnos
e irnos."

Isabel Salas

domingo, 27 de diciembre de 2015

PENSANDO


Y me quedo pensando si tienes muchos besos y dos manos, o a veces, al despedirnos,haces la magia inversa de tener muchas manos y dos besos. Uno con lengua que me das al llegar y otro con alma y olor a canela, que me regalas, cuando te vas.

Isabel Salas

ESPUMA


lunes, 21 de diciembre de 2015

DAME TU NOMBRE





Fola corría por la carretera de tierra entre todos los demás. No cargaba casi nada, apenas su bebé de cinco meses, al que protegía de los vaivenes de su carrera con su brazo derecho.
El izquierdo lo usaba para tomar de la manita a su hija de cuatro años a la que intentaba quitarle el miedo con miradas de aplomo fingido y palabras suaves que se perdían en el estruendo de los tiros lejanos y los lloros cercanos.

Vistos desde fuera, eran una familia africana más, una familia despedazada por guerras inútiles y crueles, arrancada de su vida, corriendo al huir de su aldea.
Sin destino.
Vistos desde dentro era una mujer asustada al extremo. Una madre que ponía todo su empeño y sus fuerzas en llevar a sus hijos lejos de aquel infierno.
Ella sí tenía un destino, lo más lejos posible.

Hasta hacía unas semanas Fola, su marido y sus cuatro hijos tenían una vida más o menos apacible a la que llegaban a veces ecos de guerras lejanas, pero en pocas semanas los ecos se hicieron voces y al final presencia viva.
Su marido se había marchado dos días antes tratando de poner a salvo a los dos hijos mayores, uno de catorce años y otro de doce, para evitar que fuesen reclutados como tantos niños y obligados a convertirse en asesinos precoces.
Niños soldados los llaman.
Estuvieron de acuerdo los dos, hablaron varias horas y decidieron que no era eso lo que deseaban para sus hijos amados. Así pues, el marido intentaría pasar la frontera con los hijos, y ella se juntaría a las mujeres con bebés que esperarían los camiones de la Cruz Roja para reunirse con ellos en el campo de refugiados, que decían que había a 140 kilómetros al norte.

Parecía un buen plan y como tampoco tenían muchas alternativas, se despidieron serenamente tratando de no demostrar pánico. No querían provocar más dolor ni miedo a los niños y, por eso, ese hombre y esa mujer, que se habían mirado tantas veces durante largos minutos a los ojos al hacer el amor en sus noches de intimidad y cariño, apenas se miraron un poquito a la hora de despedirse tal vez para siempre, con miedo los dos de prender sus miradas y que eso les impidiese la separación.
Al abrazarla él le dijo:
- Ya lo sabes todo... ¿Qué puedo añadir?
Y ella le respondió:
- Claro que lo sé, vete tranquilo. Está todo dicho, mi amor.
¿Qué otra cosa puede decirle una mujer a su hombre en una hora tan mala?

Después del último beso y el último toque cada uno se concentró en su misión y en los hijos de los que se hacía cargo.
Ella lo miró alejarse con paso animado, un niño de cada lado, sin darles la mano para que se sintiesen hombrecitos, cargando cada cual unos hatillos con lo mínimo. Sólo el menor se volvió una vez para mirarla, y ella que estaba preparada para eso, le hizo un gesto alegre de despedida mientras se bebía las lágrimas de aquel adiós tan tremendo.
Después preparó sus cosas.

Decían que los camiones llegarían por la mañana para recoger a las mujeres, pero los que llegaron fueron unos todo terreno cargados de hombres que disparaban a todo lo que se movía.

Fola tuvo suerte porque unos minutos antes de empezar aquella matanza ella había sentido la necesidad de acercarse a la entrada del bosquecillo por el que se habían marchado sus hijos y su marido, y como la niña estaba despierta, ansiosa y preguntando cuándo iban a juntarse con los hermanos, ella decidió que en vez de esperar en casa podían esperar dando un paseo para amenizar la situación.

Por eso cuando empezaron los tiros, ella se encontraba fuera su alcance.
No pensó en nada, ni en amigas o vecinas, apenas salió corriendo en disparada arrastrando a la nena. A ratos la hacía correr a su lado, a ratos la cargaba hasta que el brazo se le acalambraba. Descansaban cuando sentía que iba a morir por el esfuerzo y después seguían avanzando.

Quería llegar a la otra carretera, la que habían construido para transportar el coltán unos meses antes.
Así el día entero.
Más tarde pasaron la noche acurrucados los tres juntos. Ella agradeciendo a sus pechos la leche que le permitió alimentar al bebé y a la niña y analizando si sería buena idea rezar o mejor no llamar la atención de los dioses.
Decidió quedarse callada porque ante aquellos dioses tan crueles que permitían tantos desmanes, parecía buena idea pasar desapercibido.
Al amanecer salieron del bosque y encontraron otras  personas asustadas que se movían en la misma dirección.
Nadie saludó a nadie, nadie preguntó nada.

Era una fila más o menos ordenada de mujeres y viejos que llevaban sus niños con el único objetivo de salvarlos y salvarse.
Parecía que todo podría terminar razonablemente bien cuando de pronto oyeron una avioneta que se acercó rápida. Algunos saludaron alborozados pensando que era la ayuda que esperaban, otros miraron callados y otros como Fola regresaron al bosque que bordeaba la carretera por el miedo que todo les provocaba desde hacía días.
La avioneta bajó y abrió fuego contra la fila.

Fola le tapó las orejas a sus hijos mientras los apretaba contra ella y mentalmente espantaba las balas con la fuerza de su pensamiento.
Imaginó una burbuja de protección y allí se quedó meciéndose con sus hijos como cuando te duele una muela o un niño llora sin consuelo.
Mecer el dolor y el miedo es un recurso humano que no se sabe por qué funciona, pero todos lo practicamos alguna vez.
Y siempre consuela un poquito.

Cuando acabaron los tiros y la avioneta se alejó, fueron saliendo poco a poco del bosque los que se habían salvado.
La carretera era un reguero de cuerpos vestidos con alegres colores y posturas imposibles. Casi todos muertos, algunos heridos.
Fola decidió ignorarlos, no podía hacer nada y su única prioridad era salvar a los suyos. Sujetando la manita de su niña y acariñando al bebé que estaba metido en un paño amarrado a su cuello, aceleró el paso sorteando cuerpos.

Todo iba bien hasta que sus ojos encontraron los de una mujer herida. Una mujer más joven que ella, que trataba de incorporarse y la llamaba con su mano ensangrentada. 
La chica consiguió juntar unas palabras y casi las suspiró:
- Ayúdame. Ven.

Fola no quería ayudar.
No quería ir.
Sólo pensaba en sus hijos y no quería perder su tiempo, pero la chica la había mirado, la había llamado y ella se acercó con una disculpa preparada, que la otra pudiese entender al negarle la ayuda. La mujer tendida en el suelo se incorporó un poquito y entonces Fola vio que estaba encorvada sobre un bebé.

Un bebé intacto debajo de una madre moribunda en una carretera llena de personas asustadas.
Justo lo que ella necesitaba.

Se acercó sin decir una palabra y sin soltar a su hija se agachó al lado de la otra madre, mirándola sin hablar. ¿Qué se le puede decir a una mujer que se está muriendo desangrada en un mundo hostil dejando un hijo desamparado?
Se miraron las dos.
Los ojos de la joven iban del bebé a la niña y al rostro de Fola de nuevo. Tal vez buscando palabras también.
Las mismas palabras que sirvieron horas antes para despedir a su marido le parecieron adecuadas para dirigirse a aquella desconocida y por eso las dejó salir con suavidad:
- Lo sé todo. Está todo dicho. Quédate tranquila, mi amor.

Y soltando un instante la manita de su hija, cogió el bebé de la otra y lo acomodó en el mismo paño donde estaba el suyo.
Enseguida volvió a recuperar la mano de su niña que esperaba extendida en el aire. Era el momento de la despedida y las dos sabían que era para siempre.
La joven consiguió sonreír y Fola sacó el valor para pedirle:
- Dame tu nombre, para que pueda enseñárselo un día.

Pero la chica ya no tenía nada más que dar.
Lo había dado todo y sus ojos ya estaban cerrados.
Fola no se paró a ver si estaba desmayada o apenas muerta.
Se levantó y con sus tres hijos siguió su camino.
Agradeciendo a sus pechos la leche que garantizaban la vida.
Isabel  Salas


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El cuadro que acompaña esta historia ha sido pintado por una artista de Valladolid que vive en Benalmádena.
Ella leyó la historia e idealizó a Fola, le dió  esa belleza serena y esa mirada profunda.
Nuria Velasco Vegas supo pintarla y nos la regala a todos para acercarnos más si cabe a esa realidad dura que las mujeres del Congo están enfrentando cada día.
Un beso a todas ellas y a Nuria un MUCHAS GRACIAS de esos  que traen globos de colores.



https://www.facebook.com/artenuriavelasco?fref=ts 

jueves, 17 de diciembre de 2015

EL CANARIO Y LA MÁQUINA DE COSER

A lo largo de mi infancia tuvimos varios animales en casa: perros, un hámster, una perdiz, tortugas, algunos palomos y un par de canarios. Los perros tuvieron nombres: Tany, Travolta, Kuiper y Chiqui. 
Esta última, con los años, acabó quemando la sala cuando arrastró la manta de la mesa camilla para arrimarse a la estufa que había en el centro. El fuego se extendió y terminaron ardiendo hasta los muebles antiguos de mi bisabuela Anita. Pero esa historia será para otro día.

Los demás animales creo que se quedaron sin nombre o al menos no recuerdo si llegaron a tenerlo. 
Uno de los que se quedó sin bautizar fue un canario que debió estar por la casa más o menos cuando yo tenía entre diez y doce años y es de él de quien quiero escribir hoy.
Aparentemente no tenía nada de especial.
Hacía las mismas cosas que todos los canarios enjaulados. Se ponía muy contento cuando alguien le metía una hoja de lechuga o un pedazo de manzana entre los barrotes y se bañaba en el agua de una tapadera de Nescafé que le servía de bañerita. 
Se metía dentro y alborotaba salpicando agua para todos lados.

A mí me gustaba mirarlo.
Ver lo que hacía.
Algunas veces colocaba mi dedo sudado en el recipiente de alpiste y dejaba que se le pegaran unos granitos. Después lo introducía entre los barrotes y él venía a picotearlo casi sin rozarme la piel.
Tan delicado.
Tan suave.
Sin miedo de mi mano grande ... y yo espero que sin rencor.

Nunca supe si en su cabeza chiquita de canario hubo alguna vez un tiempo para el odio de verse enjaulado. En mi cabeza de niña tampoco había espacio para esas consideraciones filosóficas en aquel momento. Yo me crié viendo a Félix
Rodriguez explicando como los lobos y los buitres leonados pasaban frío y hambre en la estepa castellana y mi canario me parecía feliz.

Especialmente cuando me contaron en el colegio una cosa horrorosa sobre canarios y comparé la suerte de otros canarios con la de él.
Fueron unas niñas que estudiaban conmigo en las Recoletas las que me lo dijeron. Estaban comentando que allí cerca del colegio había un hombre que tenía un taller de alguna cosa y lo tenía lleno de jaulitas con canarios, jilgueros y otros pájaros. Puse atención, porque sabía cuál era el local al que se referían, y realmente estaba lleno de jaulas minúsculas con sus aves dentro.

Siempre pasaba rápido por la puerta de aquel hombre
porque me desagradaba ver tanto pájaro apretado.
Demasiado pequeñas las jaulas, así como más tarde me han parecido demasiado pequeñas también esas peceras crueles las que se mantienen los peces zeta, que simplemente se quedan flotando allí en suspensión. 
Sin poder nadar.
Como un huevo duro mirando al frente.

El caso es que a las niñas lo que de verdad las había dejado impactadas es que alguien les había dicho que aquel hombre les quemaba los ojos a los canarios para que cantasen más.
Les quemaba los ojitos con la punta de un alambre caliente y por eso cantaban tanto.
Porque estaban aburridos.
O desesperados.
O algo.
Nunca supe si realmente era cierta aquella barbaridad, o fue la primera leyenda urbana que me colaron, como la de la chica en la curva o los secuestros de turistas para sacarles los órganos. Esos que después son arrojados vivos a los aparcamientos de los centros comerciales con una costura mal hecha en un costado y un riñón menos.
Realmente jamás comprobé si aquel hombre, de verdad, les quemaba los ojos a aquellos infelices porque a partir de ese día evité pasar por su calle y si necesitaba pasar, lo hacía corriendo y mirando al suelo.

Nunca le pregunté a un adulto, nunca lo contrasté, como
hacen los periodistas de prensa rosa.
Me traumaticé y ya está.
Me quedó una duda tremenda de si el canto de los canarios en las jaulas era de desespero o de alegría. Sentía vértigo cuando intentaba descubrir si lo que los humanos interpretamos como canción en realidad es un llanto.
Más tarde aprendí que su canto tiene algo que ver con los cortejos nupciales pero en aquel momento me angustiaba mucho pensar que el ruido de los canarios eran gritos de desesperación.

Hasta que mi mente infantil encontró una manera de
sosegarse: mi canario veía estupendamente y cantaba, luego su canto era feliz.
Y con ese placebo dogmático me consolé.
El mío estaba contento.

Mi certeza de que todo estaba bien con nuestro canario sólo me abandonaba por unos instantes, cuando mi madre se ponía a coser con su máquina. Ella tenía una de manivela, otra de pedal y otra eléctrica. Cada una tenía su ruido, a cada una, ella le imprimía un ritmo diferente y las usaba para diferentes fines costuriles, pero todas, sin importar si estaban cosiendo camisas o trapos para limpiar, estimulaban al canario a cantar.
Él empezaba justo después que mi madre.
Se unían los dos cantos y parecía un concurso.
A ver quién lo hacía más alto.
Más rápido.
Más fuerte.
Más intenso...
Hasta el techo.
Hacia el cielo...
Hasta el sol.

Ya sabéis como son las máquinas de coser. Cuando la
costurera coge una recta y domina el asunto como mi madre lo hace, la máquina se embala y parece que está subiendo una montaña. 
El barullo es como el de un instrumento musical que acelera o aminora dependiendo del comando de quien cose y el canario se unía a aquel ruido con una pasión
y una determinación que asustaban.
Intentando cantar más alto.
Imponiéndose.
Ignorando la lechuga o la bañerita, se acomodaba y adoptaba una actitud marcial. 
Guerrera.
De valiente bien plantado.
Y cantaba.
Cantaba y cantaba y parecía que le iban a reventar los pulmones.
Yo me quedaba allí.
Quieta.
Espectadora de la sincronización entre la música que mi madre hacía y la que el canario le devolvía. A veces deseando que mi madre parase por miedo a que el pájaro cayese muerto del esfuerzo. Aliviada cuando ella descansaba un momento para acomodar la tela.

Otras deseando que la sábana fuese grande y mantuviese aquel ritmo perfecto que me dejaba alucinada escuchándolos a los dos. A mi madre a través de su costura y al canario que se unía a aquella fiesta casera de músicas domésticas para demostrarme que no hay que estar ciego para cantar.

Todavía puedo escucharlos.
Muchas veces he visto personas enfrentando complicaciones de la vida, enfermedades de hijos, desempleo...desespero.

Las he visto callarse, derrotadas y sin fuerzas. Pero también he visto otras que se plantan delante del ruido que la vida les hace y cantan más alto.
Se empinan, se inspiran.
Y cantan.
Más rápido.
Más fuerte.
Más intenso...
Hasta el techo.
Hacia el cielo.
Hasta el sol.
Se niegan a que el ruido las aturda y cuanto más complicado es todo más fuerte cantan. 

Cada una a su manera.
Todas admirables.
Y es a esas personas a quienes yo dedico estas páginas.
A las que se olvidan de las lechugas y aceptan el desafío de cantar con la máquina de coser.



Enfrentando la vida como canarios.

Isabel Salas
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sábado, 21 de noviembre de 2015

INCREÍBLE


Parecía increíble.
Parecía mentira.
Y lo era.

Parecía un sueño.
Y lo era.

Parecía doloroso,
oscuro, gris.
Y lo fue.

Tan oscura la noche,
tan negra...
que ya no amanece igual.


Isabel Salas

SUAVE


Mi pelo es suave,
como yo,
como mis labios.
Suave como mis besos
y mi cariño suave.

Suave es mi alma
y suaves mis caricias suaves
que te esperan aquí,
en mi abrazo suave
que aguarda por ti.

Isabel Salas



TU PUERTA

Me has cerrado tu puerta.

Eso dijiste.
Y no es eso lo peor, lo peor es que desde aquí fuera todas las puertas me parecen iguales y ya no sé cual es la tuya.
Todas las puertas cerradas se parecen tanto...
Tanto.


Isabel Salas

ABRE


sábado, 7 de noviembre de 2015

POR ESO


Yo sé que no se debe suplicar que te quieran.

Por eso no lo hago. Va contra todas las leyes del amor y debo ser fuerte, resistir las ganas y no hacerlo.

Por eso no te pido que me quieras, ni que me hables, ni que vengas, ni que me mires, ni que me des un beso, ni que me cantes, ni que me cuentes chistes, ni que me digas cosas bonitas de esas que antes me decías.

Por eso.
Para no salirme de la ley y que me pongan una multa o algo peor por hacerlo todo ilegal, es que me callo y no digo nada o casi nada. 

Sólo en el pensamiento, a veces, mentalizo las cosas que no debo decirte con palabras e improviso una telepatía wifi que haga que resuenen en tu cabeza las cosas que vuelan dentro de la mía. Palabras prohibidas que no debo decirte pero puedo pensar, quiéreme, háblame, ven, mírame, bésame, cántame, cuéntame chistes, dime cosas bonitas de esas que antes me decías. 

Y en mi cabeza funciona, vienes y me besas.
Todo imaginado menos la sonrisa que se me dibuja en la boquita que es completamente real y legal.

Isabel Salas




TU ODIO


Hasta comprendo que me odies.

Tus motivos tendrás para verme como me ves. Tus gafas de ver la vida, que te las rompieron cuando eras niño y hasta hoy miras por esos cristales llenos de telas de araña, o son las drogas que usas y te dejan así tan podrido como una rama podrida del árbol muerto que ya ni respira ni sirve para ser nido, o tal vez sea tu semen atorado que te perjudicó el cerebro o algo.
No lo sé. 

Lo que no entiendo es tu necesidad de hacérmelo saber. Ese empeño que pones en estar seguro de que lo sepa yo, como si tu odio necesitara materializarse de alguna manera y golpearme para existir de verdad.

Hacer ruido de cosa real que sale de tu cabeza y rompe cosas a golpes para tomar conciencia de que está vivo.

Siempre los golpes.
Tus golpes en los muebles, en las puertas, en mi alma, en el perro, en la esperanza, en la pared del pasillo, en la lámpara que me gustaba, en mi cara, en la tranquilidad del alma, en mi boca.

Y el silencio de después de sonar los golpes que nos hace flotar en el espacio como naves agotadas que se miran de lejos sin entender muy bien como se sale de esa película de terror y guerra en las estrellas.

Isabel Salas

domingo, 1 de noviembre de 2015

[INVITACIÓN A BEBER] Poema en el que para variar soy la musa


Agradezco este precioso poema que me dedica el poeta argentino Marcelo Gonzalez. Os dejo el link a su BLOG y a su página de FACEBOOK para quien quiera conocer algo más sobre su trabajo que sin duda recomiendo.




[INVITACIÓN A BEBER]

Isabel escribe poemas

sobre el agua 
como si en verdad los bebiera,
de una sola vez.
Como si estuviera 
llena de sed
luego de escribir
un intenso desierto
y de un sólo arrebato
hiciera de pronto llover.


O como si al final
de una larga jornada
te invitara a flotar
sobre un horizonte piélago
pintado de azul.
No la conozco,
tan solo su huella,
pero no me es indiferente
toda vez que ella
vuela en uno después
de haberla leído.
Isabel escribe poemas
como si te invitara a beber!



(A Isabel Salas)

Marcelo González



sábado, 31 de octubre de 2015

EL SANTO AL CIELO



Algunas veces me paro y miro hacia adentro. Me pasa de pronto, y desde siempre, sin previo aviso, a traición ... a mansalva, a silencios.
Mi abuela Mari Tere, a quien yo llamaba de mamabuela me miraba así embobada y me decía que se me iba el santo al cielo. Aquello sonaba tan trágico y tan definitivo como puede sonar la idea de un santo volando al cielo en una mente infantil llena de imágenes absurdas como era la mía. Yo imaginaba una estatuilla de San Pancracio rodeada de ramitos de perejil elevándose al cielo para siempre, como la felicidad de comer perdices de las princesas, tan definitiva e intangible.

Mi santo, dependiendo de los días, subía disparado cual cohete espacial o con la majestuosidad de un río que se pusiera de pie, pues siempre he sido muy dada a mezclarlo todo de una manera caótica en mi corazón y en mis pensamientos, santos de carnicería con poemas sobre cipreses, deseos y realidades, besos dados o no, risas y boquitas de hijas mamando con aquel zapato tan bonito que no había de mi número pero que hubiera quedado perfecto  con el vestido azul que tanto le gustaba a mi cuarto amor.

Hasta hoy el santo se me va al cielo de vez en cuando, por el poder de mis pensamientos juguetones y como siempre lo mando al exhilio "por los siglos de los siglos", desterrado como los hijos de Eva pero al revés, lo envío al cielo, dónde no hay valles de lágrimas y todo son montañas de alegrías habitadas por seres felices.

Todavía,cuando ese momento de introspección me invade y me pierdo en los recuerdos o en los sueños, las palabras de mi abuela retumban desde el pasado y me hacen sonreír. 

Hace unos años, cuando mi abuela ya estaba viejecita, mi hija mayor que entonces tenía cinco años me dijo "mamá mira mamabuela que quieta está". Me giré para verla y me la encontré embobadita, sentada en su butaca a pocos metros, perdida en sus pensamientos, con sus ojos azules congelados y esa carita típica de quien está disparando santos al cielo mientras recuerda abrazos que no eran de su número.

Le dije a mi hija que fuera a buscar a la Pike, una perra con alergias que teníamos con la que practicábamos todas las maneras posibles de curación conocidas e inventadas. No había nada como llamarla para que se escondiese imaginando con que nuevo líquido pestoso la íbamos a embadurnar y cuanto tardaría ella en lamerlo todo para conservar su alergia invencible. Llamarla era una magia poderosa que la hacía invisible así que yo sabía que la niña tardaría.

Me acerqué a mi abuela y me senté en el brazo de su sillón, con cuidado para no asustarla le dije, mientras le daba un beso, que se le estaban yendo todos los santos al cielo, que guardase alguno para alguna emergencia.

Ella me miró enfocando poco a poco la mirada y dejó caer su cabecita en mi hombro que aún estaba cerca de ella. No dijo nada, ni yo tampoco, nos quedamos las dos así un ratito, calladas, pensativas, sin soledad, dejando el cariño flotar entre las dos mientras yo le hacía cariñitos en el pelito corto y pensaba como era bueno tenerla allí conmigo, en sus maravillosos flanes, sus cuentos, el papel de celofán azul que le puso a la televisión para protegernos la vista y tantas cosas buenas que siempre  me había dado.

Entre las cosas que, hasta hoy,  mezclo cuando mezclo cosas en mis momentos de pararme  y mirar hacia adentro, están los besos de mi quinto amor, los poemas sobre arpas, las risas de mis hijas, los mensajes de texto cachondos que me llaman a horas de fiesta, las tartas de cumpleaños, las canciones debajo del agua que mi hermana tenía que adivinar y claro, como no, los abrazos de mi abuela que siempre, siempre,  eran de mi número.

Isabel Salas

sábado, 17 de octubre de 2015

LA SEMANA

Dijiste una semana. 

Una semana llena de horas divididas en días que en un primer momento me parecieron eternos, pero aún así me preparé. Imaginé que sin ti, serían siete noches tristes y siete tristes días con sus tristes tardes casi imposibles de soportar, pero me obligué a sonreír y confiar. 

Soy una especialista en eso, en sacar sonrisas del sombrero mágico de dónde otros sacan conejos y palomas.

Así que saqué una y me la puse. 

Me preparé para esperar a que pasaran esos siete días, sabiendo en el fondo de mi alma que era mentira y no regresarías. Aún así me dispuse a contarlos uno a uno, a mano.

Y el alma tenía razón.

El siete se estiró como los cuellos de los dos millones de pollos que hay que matar para conseguir un kilo de orejas de pollo.

Mucho.

Mucha sangre, mucho dolor, muchas lágrimas de pollo y mías mezcladas y al final plumas por el suelo, tus canciones malditas que suenan en mi cabeza y tu horóscopo chino, que  debe ser rata o algo que rime bien con cabrón por si tengo que escribirte un poema que salga bonito y digas gracias por bendecirme.


Que bien rimado está.
Muchísimas gracias. Aleluya. Amén.

Pero que pena que los dos millones de pollos ya no podrán oirte porque sus orejas ya no están.
Ni yo.

Ni esas luciérnagas del bote de cristal que estaban allí para ser lamparita pero nadie aguanta brillar tantos días y están dormidas o sordas o muertas y ya no vuelan ni bailan aunque venga en persona Juan Gabriel a cantarles, con Bisbal y con todas las otras encantadoras voces masculinas del panorama musical mundial.

Isabel Salas




martes, 6 de octubre de 2015

SIN RESISTENCIA


































Hay cosas a las que no me quiero resistir. 

Al contrario, me gusta dejarme llevar como una madera flotando en la ola. Sin discutir. Esperando que la ola sepa donde vamos, o por lo menos donde no debemos ir.



Sin exigir. Confiando que lo que quieres de mí es lo mismo que quiero yo, o por lo menos parecido. Sin miedo, sabiendo que me quieres. Sin dudas, creyendo en ese amor. En nosotros. 

En ti.



Con esa alegría inconsciente del salto a la piscina. Con el alma abierta, abierta la boca  y mis brazos abiertos que te llaman y te esperan.


Tú, que me miras y te ríes,  me agarras. 
Me tocas, me tomas, me comes. 
Me bebes.


Yo, que me entrego fácil.

Soy tuya, tu comida y tu agua.
Me respiras.
Me invades.


Sin resistencia.


Al contrario. Me gusta dejarme llevar por ti... dónde tú quieras.


Isabel  Salas


miércoles, 30 de septiembre de 2015

RESEÑA DE LECTOR (ESPAÑA)






Hacer una reseña sobre "El canario y la máquina de coser" para mi es contar una historia, la historia de como viví la experiencia de cómo se hizo, de cuando conocí a la autora y me quedé enganchado a sus relatos que fue publicando en un grupo que recién creé.


Me maravilló su lenguaje sencillo y la facilidad de transmitir sentimientos. Cada día aparecía un relato nuevo y era tan bueno o mejor que el anterior.


Había de todo poesía, cuentos cortos, relatos de acción, con algo de erotismo, reivindicativos, con suspense, historias personales en las que se desnuda ante el lector y se muestra como realmente es.
Valiente como poc@s.

Un día Isabel me dijo que pensaba en hacer un libro con algunos de sus relatos, me preguntó que qué me parecía... No recuerdo la respuesta exacta, lo que sí recuerdo es que la animé a hacerlo.
Realmente es un libro fantástico.
Gracias Isabel por ser como eres 
Emoticono heart

NO LO MERECES


Una de sus frases favoritas, al insultar a su mujer, era decirle, antes o después, en algún momento de la discusión, que si él quisiera, podría ser el mejor el marido del mundo. La carita de desconsuelo de ella al escuchar esa frase maldita, le producía una erección. A veces hasta la repetía casi enseguida para regodearse bien. Usaba la versión extendida, ampliada, mejorada:

- Yo podría ser el mejor marido del mundo, sé como ser lo que siempre soñaste... pero no lo mereces. No quiero, no vales la pena. Por otra mujer me esforzaría, por ti no.

Era mortal.

Mejor que llamarla vaca, gorda, puta o imbecil. Él veía como las palabras atravesaban el aire para clavarse, una a una, en ella, y aunque el efecto nunca fue tan espectacular como la primera vez, a los pocos meses de casados, siempre era impactante. La primera parte de la frase despertaba la esperanza en aquella zorra loca, aquel "podría", era la puerta del país de las maravillas que él podría abrir si lo desease, tenía la llave, podría hacerlo, pero ... no quería, y no lo hacía porque le faltasen ganas o fuerza, sino porque ella no merecía el esfuerzo.

Era perfecto, y la anormal siempre lloraba, siempre se derrumbaba y a veces, la gilipollas,  hasta preguntaba porqué. Observaba como ella se culpaba por no ser digna de su esfuerzo y esto lo dejaba muy satisfecho. Él se consideraba a sí mismo muy inteligente, usaba a menudo la ironía para ridiculizarla y siempre estaba poniendo en duda su buen juicio, insinuándole que no recordaba bien los acontecimientos del pasado o haciéndola pensar que no tenía capacidad para entender las cosas o tomar las decisiones correctas sobre ningún asunto, pero ninguna ofensa o ningún insulto tenía sobre ella el mismo poder devastador de aquel simple "podría".

La humillación constante, lo dejaba feliz.

Observar su tristeza, lo hacía sentir bien. Disfrutaba el poder absoluto que le daba sentirse el gran castigador de putas sin fronteras y la derrota cotidiana de ella lo  hacía sonreír.

No escatimaba esfuerzos en realizar cualquier cosa que pudiera molestarla, maltratar al perro, asustar a los niños, golpear objetos, dar portazos, abrir el grifo de la cocina al máximo para que el agua salpicase  hasta el suelo y exigir que se secase al instante antes de que alguien resbalase, o escribir en el suelo del patio con su chorro de orina. 

Eso la dejaba loca.

Él meaba de noche cuando estaba borracho y ella lo olía de día cuando el sol calentaba las piedras.

Nunca dijo nada, nunca lo comentó, jamás se lo reprochó, simplemente cogía la botella de lejía, el detergente, la manguera y la escoba y salía al patio a restregar aquellas piedras con toda la furia del mundo. La que no usaba para plantarle cara ni para devolverle los insultos ni los golpes. Una furia rítmica, cadenciosa, con sonido de arañazo en la piedra, de lágrimas, del asco con que ella limpiaba aquella porquería porque los niños usaban aquel espacio para jugar y ella no quería que oliese mal.

El sonido del odio.

A veces él se dejaba embalar por el compás de ella y se  masturbaba escuchando como el cepillo desollaba las piedras meadas. 

Nunca imaginó que ella lo sabía, lo descubrió un día al entrar en la casa a cambiarse las chanclas. Al pasar cerca de él notó el olor del semen pero no le pasó por la cabeza decirle nada, hacía tiempo que él había dejado de sorprenderla y de importarle.

Aquel día ella terminó de limpiar las piedras con la misma rabia de siempre pero con un nuevo sentimiento recién nacido que la hizo decir muy bajito y por primera vez una frase que a partir de aquel día sería su mantra.

- Tal vez un día te arrepientas de todo esto. Tal vez un día me pidas perdón o desees que yo te perdone aunque no tengas huevos de pedirlo. Tal vez un día yo podría perdonarte, pero no querré. 

No lo haré porque no lo mereces.

Isabel Salas


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