miércoles, 15 de noviembre de 2017

SOÑAR OTRA VEZ


Y de nuevo tu voz
y de nuevo tu risa
y otra vez el deseo de feroz
de dormir junto a ti,
que mi amor renacido
improvisa,

El mismo corazón
que tanto tiempo atrás
latía junto al tuyo
siguiendo tu compás,
hoy vuelve, sin razón
a quererte otra vez,
a querer ser de nuevo capaz
de atreverse a volar,
de volverte a besar
con la misma avidez
y otra vez
confiar
y soñar.

Y tal vez esta vez,
ser más sabios los dos
y poder
evitar otro adiós
que de nuevo me obligue
a aprender
a vivir
sin tu amor.

Isabel Salas

Porque un poema vale más que mil palabras, y hay palabras que valen más que mil imágenes y besos que lo explican todo y llenan el cielo de flores azules.

martes, 14 de noviembre de 2017

MUJER VOLADORA




Ya no me importa si tú no logras ver los colores que yo veo en las cosas, en las casas o en el agua. 

Los veo yo y eso basta.

Tu filtro gris de ver la vida, tu manera estúpida de juzgar cada una de mis frases o pensamientos, tus burlas, tu crueldad y tus pésimos modales son tu problema y ya no consiguen pintar de humo el mundo que sé mirar y ver.

Mi aire se llenó de colores y voy respirándolo mientras vuelo sin culpas.

Tal vez tengas  razón y la loca soy yo y no tú, pero soy una loca con sonrisa y brillo en los ojos y tú vas a morir podrido de razón mientras yo vuelo cada vez más alto como una nota de canción de Alberto Cortez.

Siempre me gustó la poesía, y siempre te burlaste como si leer poemas me hiciera inferior. Decías que una "mujer verdadera" y sobre todo inteligente,  debería leer otras cosas.

Lo de mujer verdadera dolía mucho pues me hacías sentir irreal, un espejismo, una caricatura de mujer. No sabía, ni siquiera, interpretar aquello como maltrato, simplemente sufría sin ser consciente de lo que me estabas queriendo hacer o lo hondo que era el daño.

Me recomendabas lecturas insoportables como la de aquel libro pesado y sin música de los tristes trópicos donde un antropólogo pedante describía la vida de los indios desde su punto de vista arrogante. Nunca comprendiste que yo prefería entender América con las venas abiertas y las palabras dulces de Galeano o las canciones de la trova  cubana.

Fue precisamente un poeta, Oliverio Girondo, quien un bello día, me reconcilió con mi espíritu volador al encontrar un poema suyo sobre su respeto por las mujeres voladoras y me recordó que las alas fuertes también fortalecen los pies y que empezar a dar patadas a ciertos traseros es consecuencia inmediata del acto de volar.

Como yo.

Tal vez no soy "verdadera", como dices tú, pero vuelo, como dice él, tal vez el tamaño de mis tetas nunca fue el adecuado para tus manos, pero mis alas tienen el tamaño perfecto para elevarme.

Entre su opinión y la tuya, francamente y con toda sinceridad, la tuya pierde peso y desaparece  como  el vapor que sale de la olla y que al momento ya no se ve.


Oliverio Girondo bendijo mis alas y desde la altura en la que  vuelo hoy te veo tan chiquito, tan mediocre y tan mezquino como realmente eres.

Una mujer voladora, así como la miel, no está hecha para la boca de cualquier asno. Como pasa con las perlas y los cerdos, hay incompatibalidades  que van más allá del  grupo sanguíneo, son vitales, insuperables e imposibles.

Como tú y yo.
Como nosotros: incompatibles.

Ni sé si ya te perdoné, tu tentativa perversa de impedirme volar, ni me importa ni tengo tiempo de pensar en eso. 

Tal vez un día, volando, llegue cerca de ti, y tú tendrás la oportunidad de preguntarme si eres rápido y estás atento a lo que pasa en el aire.

Si de verdad te importa o necesitas saberlo quédate atento y levanta la cabeza para buscarme pues mis alas funcionan y nunca me verás arrastrándome por el suelo.


Isabel Salas

POEMA DE OLIVERIO GIRONDO

No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.

Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.

Soy perfectamente capaz de soportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible
- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar.



Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!

Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,

tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?



¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo

y sus miradas de pronóstico reservado?

¡María Luisa era una verdadera pluma!

Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...

¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,
de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
"¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a los pocos segundos,
ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.

Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta,
el aterrizaje forzoso de un espasmo.

¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera...,
aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes...
la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea,
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?



¿Verdad que no hay diferencia sustancial

entre vivir con una vaca o con una mujer

que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?


Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender
la seducción de una mujer pedestre,
y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar
que pueda hacerse el amor más que volando.




miércoles, 8 de noviembre de 2017

LOS OJOS DE EUGENIO ZAMBRANA







Cuando el viejo Eugenio cerraba los ojos y los cubría con su mano, se iniciaba un proceso interno que lo transportaba y lo transformaba; el anciano abría su alma y retrocedía en el tiempo a la velocidad de la luz, escogiendo entre sus miles de vivencias las que merecían ser revividas a todo color, ahora que su rutina diaria era tan gris.

Cinco semanas hacía que habían enterrado a Josefa y él aún no se había adaptado a los nuevos matices del mundo sin la presencia de la compañera de sesenta años.

Se dice pronto sesenta años, son dos palabras  apenas, pero para vivirlos se tarda un rato lleno de días, miles de días y de noches con sus madrugadas y sus tardes llenas horas de Josefa. 

Su novia, su mujer, la madre de sus hijos, la compañera, la cocinera, la que sabía hablarle con la mirada.

Al cerrar los ojos, lo primero que ellos buscaban eran los de la esposa. Allí estaban, esperándolo, detrás de sus propios párpados, rodeados de arrugas, como últimamente, pero intacto el brillo con que le devolvían el mirar desde que se empezaron a amar tanto tiempo atrás.

Allí, dentro de él, estaban los ojos que habían aprendido a hablarle directo al alma,  la mirada que sabía pedirle que se callara cuando los regaños a los hijos ya habían alcanzado el punto exacto o que empujara más fuerte cuando se estaban amando y ella deseaba sentir su fuerza dentro de ella. 

Los nietos, en parte porque temían los ruidos nocturnos del viejo desvelado y en parte porque les gustaba torturar al ser indefenso en que, de pronto, se había convertido el viejo Eugenio, corrían a reclamarle a su mamá Mercedes. Salían sin hacer ruido de la sala y la buscaban para contarle que el abuelo se estaba durmiendo, que no los dejaría dormir, que se debe dormir de noche y no de día, y ella llegaba presurosa cerquita de él, se agachaba y le ponía la mano delicadamente en el hombro para no asustarlo, en parte porque también se despertaba con los paseos de su padre en las madrugadas y en parte por una genuina preocupación nacida del cariño.

Si con eso no bastaba para sacarlo del ensimismamiento, ella, mimosa, le pedía un beso y el viejo bajaba la mano que le cubría el rostro para atender el pedido de su hija. Mercedes acercaba su mejilla a los labios del padre y él con cuidado le daba ese beso paternal que  siempre tenía sabor de canela y cigarro.

Pero esta tarde al bajar la mano para atender a la hija, el viejo permaneció con los ojos cerrados y con una voz muy chiquita preguntó si estaban los niños cerca.

Estaban y así se lo confirmó su hija.

- Que se vayan, hija, mándalos salir.

No hizo falta que Mercedes repitiese los deseos del padre como órdenes a los hijos. Los niños, sin rechistar atendieron al abuelo y salieron sin decir nada.

- Ya se fueron padre. Dime que te pasa.

Eugenio seguía con los ojos cerrados.

- Me pasa tu madre hija, me pasa que sin ella no sé estar, ni quiero. No quiero abrir los ojos porque aquí dentro la veo. Ella me mira y yo la miro. No hacemos nada malo hija sólo mirarnos.

Mercedes miró el rostro arrugado de su padre. Sus arrugas, sus cabellos blancos, sus ojitos cerrados y unas lágrimas que escurrían despacio haciendo caminitos  en zig zag camino de la camisa.

Con el filo de su falda se las secó, mientras recordaba cuantas veces había sorprendido a sus padres mirándose cómplices por encima de las cabezas de los hijos almorzando o al cruzarse en un pasillo. Recordó la sonrisa de su madre y los guiños de su padre . Se acordó de como él, al regresar del trabajo, al primer hijo que se encontrara le preguntaba dónde estaba la madre. La buscaba, se miraban, sonreían, y sólo después buscaba a los hijos para saber del día o de las novedades.

Pensó en su padre en el entierro, semanas antes, tan serio, tan triste, tan de ojos cerrados, tan de de pie al lado del ataúd.

Las personas pensaron que rezaba, pero Mercedes no había visto rezar a su padre jamás, era un ateo convencido y lo último que se le pasaría por la cabeza sería  orar en momentos de crisis, simplemente estaba allí, parado en pie al lado de su mujer muerta con una mano en la caja y la otra cubriéndose el rostro.

No era hora para palabras, pues el dolor no las necesita cuando se vive en familia. Se dejó caer en el regazo de su padre como cuando era niña y al apoyarse en su pecho le tomó una de sus manos y la llevó a sus propios ojos.

- También quiero ver a mamá.

La cena, los niños, las prisas y los miedos de no dormir, pararon para admirar como el amor une miradas que la muerte separa.

Mercedes sintió el beso de su padre en su frente segundos antes de dejar de escuchar su corazón.

Sin alarmas, sin miedo, dejó que se fuera apagando sin llamarlo.

Pensó en cuantas veces había escuchado hablar de parejas como sus padres, gente que después de mucho tiempo juntos, no saben despedirse  cuando fallece uno de los dos.  El otro, en poco tiempo, se apaga y lo sigue.

Y así se acababa de ir su padre.

Con los ojos que  él mismo se había cerrado, prendidos en la mirada de su mujer.

Isabel Salas




AQUÍ




Leerte, 
es acariciar tu pelo,
tocarte,
conocerte.

Deslizarme
entre las suaves curvas 
de tus renglones
e imaginar el tacto
del aroma de noche
de tus mechones.

Y siempre
se desliza la seda de tus sonrisas
entre mis dedos,
y me sorprende
la colección de abcisas
con que vistes tus ruedos.

Y a veces 
quisiera ser la flor morada
que respira escondida
susurrando poemas
bajo tu almohada.

Pero nunca 
te digo
que leerte es tocarte
y tal vez, 
mi manera de imaginarte 
aquí,
 conmigo.

Isabel Salas


martes, 24 de octubre de 2017

QUEDAN BASTILLAS


Mi voz no suena fuerte
como el trueno
ni retumba feroz
entre las piedras.

Mi voz es una hoz
que suavemente,
con firmeza,
te salva de la muerte.

Corta malezas
amputando maldades,
resucita bellezas
matando
vanidades
y grita versos
calladitos
que arañan corazones
convertidos en gritos.

Mi voz es voz escrita,
es palabra,
es canción.

Es voz de himno,
voz de marcha.

Dura un segundo
y acaricia tu mundo
como la escarcha.

Lo refresca
lo llena de colores,
y abre en tu alma
una nueva muesca.

Mi voz
no suena fuerte,
pero tiene esa magia
que salva de la muerte.

Canta conmigo,
levanta tu barbilla,
respira hondo,
y aprieta el paso.

En cada barrio
aguarda una Bastilla.

Isabel Salas


jueves, 19 de octubre de 2017

SEMILLA


Algunos muertos
son semillas plantadas en los ríos

Porque hay  huertos
donde esos muertos plantados
navegan como navíos
entre escombros de bastillas.

Esos muertos
no terminan de morir.

Siempre respiran y ríen
en la gente que al vivir
recuerda que en ciertos puertos
hay semillas que el embrujo
convierte en flores de lujo.

Se hacen parte del paisaje
y atraviesan corazones
convertidos en canción
y en trazo de tatuaje.

Ya sabemos donde está,
su semilla ya agarró.

Maldonado apareció
y vive en miles de pechos
que rezan
por Santiago.

Isabel Salas


lunes, 16 de octubre de 2017

NARANJAS



No sé si aún te quiero.

Sé que te quise y tú lo sabes, te quise mucho y tal vez es verdad, como dices cada vez que me vienes a ver, que una parte de mí nunca dejó de amarte. No sé negarlo ni tengo argumentos para discutir.

Me siguen gustando las naranjas y me gusta verte llegar cada semana cargando una bolsita llena y esa sonrisa con la que anuncias"vitamina C", como si bastase invocar el poder sagrado de las vitaminas para olvidar estos años lejos de ti y regresar, como me pides, a tu corazón, como quien vuelve a casa.

No sé donde se fue el amor, si está dormido como tú dices y se despertará como se despiertan los amores a fuerza de besos, o si se terminó y nada podrá hacer que brote el tronco seco que ya gastó todas las lágrimas llamándote a gritos en cada orgasmo lejos de ti. Tampoco sé mentirte, amor, me enseñaste a decirte siempre lo que sentía y así sigo, desnudando mi alma cada vez que te hablo, y confiando siempre en la inmortalidad de la pureza.

No se puede volver al pasado, afirmas, pero se puede leer el mismo libro años después siendo más sabio y tal vez sea verdad, pero mi libro ya no es el mismo, tiene más capítulos que cuando lo leíste y no todos son fiestas de cumpleaños. 

Tal vez debas leerlos todos, dejarme hablar, sin decir que no importa. Debo contarte todo lo que pasó para estar bien segura de que sabes quien soy. Quien soy ahora y no quien fui, en quien me transformé.

Entonces tal vez, cuando de verdad me mires con los ojos de ahora y yo sepa quien es el hombre que hoy me escucha, merezca la pena regresar a ti, sabiendo adónde voy y tú quién soy.

Es cierto que tus besos siguen sabiendo rico, que Montaner sigue sonando mejor en tu coche que en cualquier escenario y que mi sonrisa sigue entrando enterita en la tuya cuando me muerdes, pero no basta eso para que las naranjas hagan milagros y anuden nuestras almas reatando los lazos que se desbarataron.

La vitamina C necesita su tiempo para actuar, y como sabes, tiempo me sobra y naranjas nunca te faltaron.

Mi zumo, ya lo sabes, con hielo y sin azúcar.

Isabel Salas

martes, 10 de octubre de 2017

CEDER



A veces tienes que ceder.

Eso te dicen, que en la vida hay que saber ceder y tú, que quieres ser sabia y portarte bien, cedes.

Y cedes desde que te echas a andar, maldita sea.
Transiges en la escuela,  en el tobogán del parque, en el kiosko de palomitas. Cedes con tus hermanos, con tus hijos, con tus hombres.

Cedes asientos en el autobús y cedes la vez en la fila de la carnicería porque esa otra mujer parece aún más cansada y más triste que tú y llegó arrastrando esas piernas llenas de varices gruesas como dedos y a ti se te ocurre que cederle el lugar es una idea estupenda, así que lo haces y la haces sonreír y ella dice gracias y después le regalas tu tiempo y escuchas cómo te explica que está esperando que la llamen para operarse desde hace trece meses mientras tú piensas cuánto tendrás que esperar tú cuando tus venas te abracen por fuera y quedarte en pie sea una tortura.

Cedes también la película en el videoclub a tu vecino depresivo que estaba loco por verla o en las discusiones con tu cuñada porque no quieres joderle la puñetera Nochebuena a nadie, y menos a tu suegra que cuando se queda contrariada le da por beber y al final te toca a ti llevarla a urgencias.

Poco a poco te vas perfeccionando en el arte de ceder y un día estás cediendo en la negociación de gananciales a la hora de una separación o en el valor de tu hora laboral porque más vale un grifo goteando que cerrado cuando lo que gotea es dinero. 

Te especializas en el arte de ceder y cedes.

Cedes y cedes hasta que un día de pronto, te das cuenta que ceder se parece demasiado a conceder, a transigir, a dar o a entregar. Con la boca seca saboreas el sabor de otros verbos más cabrones como consentir, abdicar o claudicar y te parece que tienen el mismo gusto que desistir y entonces, simplemente, decides que ya no cedes más de momento.

Recuerdas que una vez te dijeron que a veces hay que bajar un escalón para poder subir tres más tarde y que lo bajaste, y más de dos y más de tres, y hoy, de pronto, así como si hubiese llegado volando desde quién sabe dónde, se ha posado ante ti la hora de empezar a subir de nuevo.

Levantas el pie, calculas la altura y decides que no cedes más.

El escalón es tuyo, el pie también, la rodilla y las ganas de subir. Todo lo tuyo quiere subir y los primeros pasos te llevan ante una librería especializada en diccionarios.

Cuando te preguntan que deseas , la respuesta sale de tu sonrisa de par en par, oliendo a brisa de playa:

- Un diccionario de antónimos por favor.

Isabel Salas






domingo, 8 de octubre de 2017

AMIGAS


Tengo amigas así, 
olas azules bordaditas de espuma
blanca y plata
que saben ser también
laguna
o catarata.

Valientes, decididas, 
atrevidas,
que juegan con las piernas de la gente 
que mira el mar 
sin atreverse a entrar,
por miedo que los lleve 
la corriente.

Tengo algunas amigas 
que saben inspirar sin imponer, 
saben estar y ser 
y saben, sobre todo, 
sonreír, 
como sonríen 
los que no tienen miedo de vivir. 

Esas amigas 
que lloran por lo mismo 
que yo lloro 
y desean lo mismo 
que deseo, 
son amigas que comparten
mi lucha 
y mis motivos 
y amigas cuya alma, 
calienta el mismo fuego.

Y me gusta saber, 
que esas amigas, 
levantan la bandera que levanto 
y sueñan con lo mismo 
que yo sueño. 

Saben ser compañera, 
y hombro amigo,
pañuelito prestado 
o escalera.

Isabel Salas


sábado, 30 de septiembre de 2017

SOMBRAS


En la noche oscura del alma
falta la luna.

A veces
es tan negra como la calma, 
honda laguna.

Otras,
hay tenue luz
debajo de las sombras.

Y siempre...
después o antes,
amanece,
nace el día 
que todo lo clarea.

El sol sonríe,
te toma entre sus brazos
y te mece.

Isabel Salas

viernes, 29 de septiembre de 2017

VOLVER AL MAR



El mar, 
que siempre me estuvo esperando, 
abrazó mis pies 
y secó mis lágrimas, 
como hacen las cosas los mares, 
a lo grande, 
a lo azul, 
a lo profundo.

Y yo 
volví a ser la niña 
capaz de tratar de atrapar 
su alma de espuma, 
sonriendo, como hacen las cosas niñas, 
a lo inmenso, 
a lo blanco, 
a lo rotundo.

Mientras él murmuraba, 
entre olas, 
palabras de amor 
plantando sonrisas en mi abismo abisal, 
yo intentaba volver a creer 
que, sin magia, la vida, 
es vacía, 
falaz e irreal.

Isabel Salas


Dedicado a Julia Ruiz, una de esas lectoras que pesqué en su día con un poema y que hoy forma parte de mi universo como yo del suyo. Las redes permiten  que quien escribe y quien lee dejen de ser desconocidos que se abrazan en un poema para ser mucho más.

Ponerle cara y nombre a alguien que se acerca a mi blog o compra un libro, es un privilegio que escritores de otros tiempos no pudieron tener  y agradezco mucho esa posibilidad.

Un abrazo Julia!




lunes, 25 de septiembre de 2017

TRES AÑOS


Hace tres años abrí este Blog con la idea de publicar un libro y el sueño secreto de que alguno de mis poemas se hiciera canción. 

Hoy ya son cuatro libros publicados y otros tres preparados para unirse a ellos, muchas canciones, la experiencia de haber presentado dos programas diferentes en Radio Digital y sobre todo, la satisfacción personal de ver como mis hijas dicen que su madre es escritora aunque a mí me parezca a veces un título demasiado grande y sea consciente de lo mucho que deberé esforzarme para merecerlo realmente.

Algunos sueños se cumplen y al hacerlo, nos enseñan que jamás es demasiado tarde, se expanden conforme se van materializando y nos invitan a seguir soñando con nuevas metas, nuevas posibilidades y horizontes lejanos, que no por difíciles tienen que ser necesariamente inalcanzables.

En el camino he encontrado zancadillas y manos tendidas, burlas y sonrisas de ánimo, amigos incondicionales, apoyos imprescindibles y otras personas que son como esos lugares de la Mancha de cuyos nombres, mejor no acordarse.

Me quedo con la parte positiva y todo lo que he aprendido en estos tres años sobre el mundo y sobre mí misma, y me quedo también con la alegría de ver a mis amigos Juan Mantero y Juan Carlos Tonatiuh, publicando sus primeros libros, dos hombres a los que conocí gracias a este mundillo literario en el que me muevo, de los que aprendo y a quienes admiro como personas y como escritores.

Tengo otros amigos y amigas que escriben, y con ellos comparto ese amor por la poesía que sólo entienden los que lo sienten. Espero poder leer también sus libros un día y que nuestros blogs y nuestra amistad sigan cumpliendo años y metas.

Mi blog completa tres años y eso me deja feliz, está rondando las 350.000 visitas y espero que sigan creciendo, que cada vez seamos más los amigos pescados gracias a los poemas y que el próximo año, cuando se cumpla el cuarto aniversario, yo pueda celebrarlo con mi familia reunida de nuevo y no como hoy, separados por circunstancias inevitables.

Gracias a todos los que me leéis, un beso a cada uno, a los que comentan, a los que me buscan por facebook para hablar conmigo, a los que me mandan emails contándome pedacitos de su vida para que yo los haga parte de algún poema y a los que no dicen nada pero están ahí, escogiendo venir de vez en cuando a leer a este Blog entre tantos como hay y se convierten por unos segundos en el "dígito" que me dice mira Isabel, una visita, alguien, un lector, un amigo, siempre un regalo.

Gracias.


AMIGOS REGALADOS

Algunas veces 
los amigos te regalan poemas.
Los traen como una ofrenda.
Lee.
Te gustará.
Como hizo Amparo.

Otras veces 
los poemas te traen amigos.
Amigos atraídos 
por lo que escribes.

Tus pensamientos, 
salen de tu cabeza vestidos con palabras,
sin manos que los guíen, 
sin g.p.s.

Entran en las cabezas de otras personas, 
que no conoces.
Y allí  sus sentimientos  
se anudan con los tuyos.

Tus versos se transforman
en hilos de pescar que pescan gente.
Gente que viene y te mira.
Te lee. 
Te analiza.
A quien le gustas 
por lo que has escrito.

Nuevos amigos pescados por poemas.
Regalados.
Traídos desde quien sabe dónde...
que vienen y se instalan.
Te saludan.

Entran.
Y se quedan. 



Isabel Salas

miércoles, 20 de septiembre de 2017

ESPEJISMOS


Tanto quise creer que eras mío, que lo creí a pesar de todas las evidencias en contra y todas las advertencias del mundo, de las amigas y del sentido común.

Miraba ese castillo encantado flotando en el calor del desierto y no comprendía que en los corazones desiertos, como el mío, los espejismos se clavan como si fueran agujas de verdad y no sombras flotantes temblorosas y calientes.

Como chinchetas en la manzana se clavan.
Como tú en mí, así aquel espejismo bonito se clavó en mi alma.

Yo me sentaba a mirarlo mientras tú te ibas al cine a ver otros espejismos más sofisticados, enlatados... fabricados por otros corazones más poblados y felices.

Más profesionales.

Tus palomitas eran de verdad y tu refresco, el perfume de la sala, el aire acondicionado y el asiento mullido, todo de verdad. Lo mío todo inventado por mí. Sin sala ni fresquito, sin asiento y sin entrada, pasé horas soñando con la película que yo misma rodé, dirigí y protagonicé contigo.

Sólo mis palomitas eran de verdad, como las tuyas.

Caseras, recién hechas y con el punto perfecto de sal.

Isabel Salas

lunes, 11 de septiembre de 2017

SOLDADOS FRÍOS



Algunos hombres han pasado tanto frío que nunca más encuentran la manera de calentarse del todo.

Eso me dijeron varios, especialmente algunos, que fueron soldados en guerras lejanas o cercanas de las que yo no participé directamente pero que conocí a través de ellos. Con el tiempo, aprendí que es cierto y que ellos nunca se calentaban completamente, la mirada, las manos, el alma o el corazón permanecían guardando la perla de sangre helada.

He visto como el frío, que un día se instaló en ellos, los invade de mil maneras en las horas más inesperadas, cuando los demás creemos que ellos han pasado página sin comprender que en todas las hojas está escrito el mismo renglón. La malaria mal curada de hielo y pesadillas, vuelve una y otra vez, siguiendo un ritual maldito que los obliga a temblar y a llorar. He sentido a su lado esa ráfaga helada que viene a envolverlos con otros fríos de noches en el monte, de muerte, de amigos desangrados y de enemigos que aún les piden en sus pesadillas que no los maten.

Mi vida ha estado rodeada de soldados y guerrilleros sin que yo haya hecho nada por buscarlos o por preferirlos entre otros hombres. Desde mi suegro, que luchó en la guerra civil española y que después se quedó en el monte muchos años con los maquis intentando resistir románticamente al fascismo de Franco,  hasta otros, de varios países, que por circunstancias diferentes han hecho parte de mi vida por días o años y han sido mis parejas, mis amigos, o sólo aves de paso que han parado unos minutos en mis cables para hablarme de lo frías que son las noches de las batallas en las que les tocó luchar y de como ese tremenda frialdad forma ahora parte de ellos.

Todos me han hablado del mismo modo con las mismas palabras y las mismas lágrimas en la voz, todos dicen, cuando están sobrios, que ellos estaban allí pero nunca mataron a nadie, y todos hablan de la mirada en los hombres que mataron, cuando están borrachos, y siempre es la misma mirada. 

Me la han descrito voces diferentes que han estado en diferentes guerras, en diferentes años y en diferentes sitios y es siempre la misma: la mirada de la persona que sabe que la vas a matar y que pasa del odio o del miedo al estupor y a la fraternidad pasando por el entendimiento y hasta el perdón en muchos casos y todos han dicho antes o después que el frío parido por esa última mirada es un escudo que los aísla del resto de las personas, un manto pesado que los mata poco a poco y no los deja calentarse del todo jamás.

Recuerdo una espalda llena de metralla y la curiosidad de mis dedos cuando por primera vez tocaron aquellos pedacitos metálicos a través de la piel en una tarde de amor. El hombre que me abrazaba me mintió, dijo que eran cachitos de vidrio consecuencia de un accidente y que no merecía la pena extraerlos, y yo, que tengo una tendencia suicida a creer las mentiras de los hombres que amo, lo creí como creía que él no mentía o que nuestro amor era la prueba viva de que Ricardo Montaner era un enviado divino para hacer la banda sonora de nuestro amor eterno.

Cuando quiso contar la verdad y me habló de las bombas y de la cárcel o de las torturas, ya había contado tantas mentiras que Montaner no resistió y se fue con su sillón de la paz, sus ganas de acariciar y sus habitaciones vacías a colgar pasiones en otras paredes llevándose un pedazo de mi alma que hasta hoy no recuperé.

Recuerdo que el dueño de aquella metralla me dijo que lo peor era saber que las bombas no miran a los ojos de nadie y no escogen a quién reventar con más piedad, tampoco olvido cuando paraba el coche para pedirme que lo mirara un ratito o me despertaba de madrugada para mirarme con sus ojos negrísimos de carbones brillantes hasta que llorábamos los dos y enseguida me preguntaba que canción quería escuchar.

Se levantaba, y desnudo, me cantaba lo que le faltaba a nuestras vidas, haciéndome soñar con caminadas bajo la lluvia mientras yo besaba sus barcos y sus flores con mis gotitas de colores. Como cualquier hombre enamorado, desafinaba sin pudor jurando amor eterno, estiraba las noches y llenaba de magia nuestro mundo, convirtiendo la metralla en estrellas durante el tiempo que el sueño nos duró.

Perdimos la batalla y el frío ganó, el frío que le impidió confiar en mí, que lo hizo mentir y que nunca lo dejó estar caliente a mi lado y sentir la paz que tanto buscaba y que yo le ofrecía a chorros.

Llegaron otros amores después de él, otras noches de abrazar y cantar, y otros guerreros. Hay una que me marcó mucho, con ella sueño hasta hoy en mis pesadillas: la noche en que otro de esos soldados soñó con el frío estando en mi cama. Me despertaron sus manotazos y sus sollozos. Temblaba mucho y mi primera intención fue cubrirlo y acercarme a él para calentarlo. Me llamó la atención que gestos tan rápidos y agresivos viniesen acompañados de un llanto mansito de niño castigado y sin reflexionar demasiado me intenté acoplar a su cuerpo para calmarlo. Él estaba en plena pesadilla soñando que lo mataban  y al sentirse tocado, aún entre sueños reaccionó golpeándome y tratando de estrangularme.

Se defendía, no me atacaba, lo entendí así y reaccioné instintivamente quedándome flojita, sin ofrecer resistencia, calculando científicamente cuanto aire tendrían mis pulmones y si resistiríamos el tiempo suficiente para que él se diera cuenta de que yo no era el enemigo, ni estaba oponiendo resistencia ni quería hacerle daño.

Noté que no reaccionaba y me arriesgué a moverme un poco. Rocé su rostro con la mayor suavidad posible pensando que no estaba funcionado mi estrategia de supervivencia y que me quedaban muy pocos segundo antes de desmayarme. Al toque, él abrió los ojos y me miró. Aunque sus manos aún estaban apretando mi cuello, la presión cesó instantáneamente y se convirtió en una caricia desesperada que nunca olvidaré. Mientras sus labios pedían perdón mil veces yo no podía hablar, él lo notó y me sopló aire varias veces como se hace con los ahogados, me trajo agua, me mojó las muñecas y me preguntó que podía hacer para que yo me sintiera mejor.

Sin dudarlo le pedí:
- Cántame la canción que más te guste.

Y él cantó.
Abrazados los dos me cantó una de Edih Piaf que habla sobre no arrepentirse de nada ni lamentar el bien o el mal que hayamos cometido pues todo está olvidado y nada importa más si somos capaces de empezar de cero.

Cuando terminó, él me dio las gracias por ser tan buena y me explicó que la única cosa caliente que nunca se enfriaba eran las lágrimas. Ese día pensé que yo había vencido, por fin, al frío maldito que se lleva a mis hombres, pero no, sólo se retiró a un rincón y regresó meses después a convidar a mi soldado a unos tragos que hicieron que sus manos quisieran golpearme incluso sin estar soñando.

Después de muchos días bebiendo dejé de parecerle buena y me convertí en el enemigo a ser aniquilado. Golpes, insultos, humillaciones y el dramático final de los adioses que huelen a cerveza.

Siempre pierdo las guerras.

El frío siempre se lleva a mis soldados lejos de mí y me recuerda que algunos hombres han pasado tanto frío que nunca más encuentran la manera de calentarse del todo.

Al menos no conmigo.

Y la culpa es de mis ojos, que miran demasiado cuando me están matando.

Isabel Salas

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