viernes, 24 de marzo de 2017

PRIMER PASO



Maribel leyó el letrero viente veces antes de entrar.

"El primer paso para salir de una situación de maltrato es hacer justamente lo que tu maltradador más detesta: habla con tu entorno. El secreto, que él llama discreción, te aísla y te hace sentir sola. RECUERDA QUE NADIE PUEDE AYUDARTE SI NO SABE QUE NECESITAS AYUDA".

Ella necesitaba ayuda, pero no sabría por dónde empezar a contar la pesadilla en la que se había convertido su vida, caso consiguiera trasponer aquel umbral.

Su mano temblorosa accionó el picaporte y ella empujó suavemente. Quería atisbar un poco antes de entrar, ver sin ser vista, "sentir" la atmósfera que emanaba de aquella sala donde otras mujeres tenían el valor de entrar y en la cual, posiblemente, ella nunca podría el pie.

Ya estaba cerrando la puerta para retirarse, cuando una voz le habló a su espalda.

- Me llamo Irene, y la persona que impidió que me fuera como pretendes irte tú se llama Raquel.

Maribel se volvió lentamente y se encontró frente a frente y muy cerca de una mujer casi de su edad, ojerosa también, pero no tan triste.

Ojos castaños, pelo mal pintado, una ropa demasiado grande y unos brazos abiertos con aspecto que querer abrazarla, fueron lo bastante para que Maribel se volcase en Irene.

Fue un abrazo largo, cálido y firme. El tipo de abrazo que ella necesitaba, un abrazo sin perdones ni promesas, sin miedo.

- El primer paso será cruzar esa puerta conmigo- dijo Irene- y no te preocupes, lo de hablar lo dejaremos para otro día si quieres.

Maribel se sintió tan aliviada al escuchar esas palabras que casi sonrió al decir :

- Soy Maribel.

- Si escribimos en el cartel que el primer paso es un abrazo o tratar de abrir la puerta, nadie se lo creería. Lo de hablar suena más eficaz, pero en realidad nadie dice nada hasta haberlo llorado todo. Entra conmigo, preciosa, hay café.

Maribel accedió al recinto dos pasos delante de Irene, y antes de que ella terminara de cerrar la puerta, ya notó gruesas lágrimas rodando por su rostro.

- No disimules tus lágrimas ni tu miedo Maribel, quien tiene que avergonzase es él, y no tú. Ya habrás notado al entrar que esta es tu casa.

Sí.

Era su casa, más su casa que la casa de la que acababa de salir hacía menos de una hora y en la que no se podía llorar.

Isabel Salas

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